La Guerra de la Furia de Settra
El despertar del Rey Inmortal y la venganza de Nehekhara sobre los Reinos Fronterizos y las puertas de Bretonia
Para comprender por qué un rey muerto hace miles de años decidió un buen día cruzar medio mundo en son de guerra, hay que retroceder a una época en la que los antepasados de los bretonianos y los imperiales todavía vivían en chozas de barro. En aquellos albores del Mundo de Leyenda floreció en el sur la primera gran civilización de los Hombres: Nehekhara, la Gran Tierra. Sus ciudades-estado —Khemri, Zandri, Numas, Lahmia— levantaron los primeros templos, dictaron las primeras leyes y formaron los primeros ejércitos disciplinados que conoció el mundo. Durante generaciones se desangraron en guerras civiles, hasta que un solo hombre las sometió a todas bajo su cetro: Settra, primer Rey Sacerdote de Khemri, que se proclamó Khemrikhara, el Rey de Reyes, y extendió las fronteras de su imperio hacia el norte hasta las Cuevas, al oeste hasta las Montañas Irrana y al este hasta el Río de la Ruina.
Settra lo dobló todo a su voluntad salvo una cosa: el tiempo. Incapaz de aceptar que un día dejaría de existir, encomendó a sus sacerdotes —el Culto Mortuorio— la tarea imposible de derrotar a la muerte misma. Aquellos hechiceros acumularon un saber inmenso sobre el velo que separa a los vivos de los muertos, llenaron bibliotecas enteras de rituales y conjuros y le prometieron que, tras siglos de preparativos, lo despertarían en un cuerpo imperecedero para gobernar un imperio eterno. Settra ordenó construir una gran pirámide, se tendió en ella y aguardó el día prometido.
El día llegó, pero no como él había soñado. Quien rompió el orden del mundo no fue el Culto Mortuorio, sino uno de sus propios miembros: Nagash, el primero y mayor de los nigromantes. Derrotado y desterrado en su día por los mismos reyes a los que pretendía dominar, Nagash regresó de su exilio con una maldición capaz de marchitar a toda Nehekhara. A su conjuro, los vivos murieron y los muertos se alzaron, y la Gran Tierra quedó convertida en un páramo de huesos de horizonte a horizonte. Pero los rituales de protección que el Culto Mortuorio había tejido en torno a las tumbas reales torcieron el efecto de la maldición: en lugar de despertar como esclavos sin voluntad, los monarcas de Nehekhara se alzaron conservando su memoria, su orgullo y una cólera fría e inagotable. Despertó Settra. Y lo primero que hizo, al abrir los ojos en su pirámide, fue contemplar la ruina de cuanto había construido y jurar que el mundo entero volvería a postrarse ante él. Así nacieron los Reyes Funerarios de Khemri.
Pasaron los siglos, y los upstarts del norte —el Imperio, Bretonia, los reinos jóvenes que se creían dueños del mundo— olvidaron que Nehekhara había existido. Fue un error. En el año 2276 del Calendario Imperial, una cruzada de caballeros bretonianos se adentró en la Tierra de los Muertos, profanó las tumbas de las antiguas ciudades, llenó sus alforjas con los tesoros de Nehekhara y, en su osadía, abatió al Rey Septhah el Amarantino, uno de los lugartenientes más leales y antiguos de Settra. Esa fue la chispa. El Rey Inmortal ordenó al puerto de Zandri aprestar su flota y a sus legiones alzarse de la arena, reunió la mayor hueste de muertos que recordaba la no-vida y emprendió la larga marcha hacia Bretonia, a través de las Tierras Yermas y de los reinos sin ley de los Príncipes Fronterizos. La muerte había vuelto a aprender el camino del Viejo Mundo.
Muerte en los Reinos Fronterizos
Un avance implacable
La hueste de Settra no cayó sobre los Reinos Fronterizos de golpe, sino por oleadas, como la marea que sube. La vanguardia, al mando del Príncipe Funerario Ptolethor el Radiante, desembarcó en la Península Negra y se internó tierra adentro. De nada sirvió el valor de los señores fronterizos: las villas fortificadas y las imponentes ciudadelas que se alzaban en su camino fueron arrasadas sin esfuerzo, y a sus espaldas quedaron humeando las ruinas de los castillos de Kasos y Thessos. Pronto, Ptolethor plantó su asedio ante los muros de la Ciudadela Bouelia.
Mientras tanto, hacia el este, una segunda fuerza avanzaba a las órdenes del Hierofante Ashurtak. Su columna cruzó las Montañas Espinazo de Dragón dejando atrás los restos de la torre élfica de Tor Anrok y los cadáveres de los incontables Orcos y Goblins que habían tratado en vano de detenerla en las Tierras Yermas. Su destino era Barak Varr, la fortaleza-puerto de los Enanos asomada al Golfo Negro. Y así, antes incluso de que las grandes barcazas funerarias que transportaban al propio Settra hubieran entrado en las oscuras aguas del golfo, la ciudad amurallada de Matorea se vio cercada de enemigos. Fue allí donde un proscrito bretoniano, Sir Cecil Gastonne, llamado el Matasierpes, reunió a los defensores de la región. Sir Cecil había dado cobijo a los caballeros supervivientes de aquella temeraria cruzada que despertó la ira de Settra, y fue uno de los pocos capaces de intuir el verdadero plan del Rey Inmortal: no se trataba solo de castigar a los Reinos Fronterizos, sino de abrirse paso a través de ellos hasta el corazón de Bretonia.
La Mano Roja de Brionne
Sir Cecil no se limitó a defender Matorea. Semanas antes, al llegarle las primeras noticias del movimiento de los ejércitos de Settra, había despachado jinetes a toda brida hacia el palacio del Rey Louen Mataorcos, en la lejana Bastonne. Aquellos mensajeros llevaban una advertencia: el viejo rey no creía que los Reinos Fronterizos fueran el único objetivo de la furia de Settra, sino que sospechaba que sería Bretonia quien pagaría el precio más alto. El Rey Louen se turbó al recibir la nueva, pues el Matasierpes había sido contado antaño entre los guerreros más audaces de Bastonne, y su palabra aún tenía peso. Pero las funestas noticias lo encontraron en plena campaña contra las interminables hordas de Orcos y Goblins que asolaban el norte de su reino. Incapaz de acudir en persona a la defensa de su frontera sur, despachó en su lugar al Duque Gastille, la Mano Roja de Brionne.
El Duque de Brionne no perdió un instante. Anunció que lideraría una Cruzada de Caballeros Noveles contra los ejércitos de Settra, reunió a los caballeros de su casa y cabalgó hacia los Reinos Fronterizos. A medida que avanzaba, una gran hueste de valerosos Caballeros Noveles fue acudiendo a su estandarte, de modo que cuando la Mano Roja llegó ante la Ciudadela Bouelia, de camino a Matorea, lo hizo al frente de un ejército considerable. Allí se lanzó de inmediato contra las fuerzas sitiadoras del Príncipe Ptolethor.
La furia de Brionne
Bajo un cielo tan cargado de nubarrones que parecía que la noche se hubiera tragado al sol, la hueste de Ptolethor preparaba el asalto final a la Ciudadela Bouelia. Sus comandantes no esperaban un contraataque por el oeste. Cuando la caballería bretoniana descendió sobre las legiones no muertas, encabezada por el Duque Gastille y por la Profetisa de la Dama del Lago, Élisse Duchaard, la carga penetró hasta las entrañas mismas del ejército enemigo, aplastando a los guerreros resucitados bajo los cascos de sus corceles. En el corazón del tumulto, Gastille se topó cara a cara con el Sacerdote Funerario que animaba a la hueste y con el poderoso Príncipe Funerario que la comandaba. En un combate brutal, abatió a ambos.
La victoria, sin embargo, estuvo a punto de costarle la vida: la montura dracónica del Sacerdote Funerario lo derribó y lo hirió de gravedad con su aliento fétido. Pero Gastille había sido bendecido por la Dama del Lago, y rehusó sucumbir a una herida que habría matado a un caballero menor. Mientras la Profetisa Élisse conjuraba su magia para restaurarle las fuerzas y sus caballeros remataban a los restos del ejército de Ptolethor —que se desmoronó tras la caída de su comandante—, el Duque se incorporó. Reunió a sus barones y paladines, ordenó reagruparse con presteza y, deteniéndose apenas para abrevar a las monturas, volvió a cabalgar hacia Matorea.
El asedio fútil de Barak Varr
En el cruce de la Carretera de Zandri y la Vieja Ruta de la Seda, las legiones del Hierofante Ashurtak cercaron Barak Varr. La fortaleza parecía modesta en superficie, pero el Hierofante sabía bien que los Enanos habían excavado profundamente en los acantilados, labrando vastas salas subterráneas y puertos de aguas profundas. Tomar semejante bastión habría sido una tarea descomunal, pero la conquista no era el objetivo. El propio Settra había ordenado a su Hierofante una cosa muy concreta: impedir que los buques de guerra acorazados de Barak Varr zarparan contra la flota real mientras esta surcaba el Golfo Negro, y que la hueste de la fortaleza marchara en auxilio de los Reinos Fronterizos. Así, el Culto Mortuorio plantó un asedio deliberadamente estéril ante una fortaleza inexpugnable.
Fue otro error de cálculo. Lejos de acobardarse tras sus muros, los Enanos abrieron las antiguas puertas del Camino Subterráneo —la inmensa red de calzadas que conecta entre sí las fortalezas dispersas del reino enano— y enviaron por ellas mensajeros de pies ligeros, encargados de llevar la noticia del sitio de Barak Varr hasta las lejanas fortalezas de las Montañas del Fin del Mundo y de las Cuevas. Settra había querido distraer a los Enanos de Barak Varr para que no se inmiscuyeran en sus asuntos; en lugar de ello, su agresión solo logró que los señores de la montaña se alzaran en armas incluso antes de que su flota desembarcara en Matorea.
La caída de Matorea
En Matorea, Sir Cecil había arengado a una población atenazada por el miedo hasta convertirla en una defensa decidida. Sus propios guerreros tomaron el mando de los regimientos en apuros, les infundieron disciplina y los prepararon para resistir un asedio que prometía ser tan breve como brutal. Bajo cielos cada vez más oscuros, enormes naves alzadas desde las profundidades del golfo y restauradas por la hechicería de los Sacerdotes Funerarios y los Necrotectos de Zandri se estrellaron contra las playas y los muros del puerto, vomitando por las brechas de sus cascos podridos cargamentos enteros de carroña, mientras las catapultas montadas en sus cubiertas comenzaban a batir las murallas.
Matorea aguantó varios días, pero resistir a la furia de Settra era inútil. Para cuando los caballeros del Duque Gastille llegaron al campo de batalla, exhaustos pero encendidos por su justa cólera, las murallas exteriores yacían ya en ruinas. En el tumulto, mientras los No Muertos apartaban su atención de la ciudad, Sir Cecil actuó con presteza: hizo una salida con sus caballeros más audaces, rompió el cerco y puso en marcha la evacuación. En las horas que siguieron, los defensores huyeron de la ciudad condenada hacia el norte, siguiendo el curso del río Tana Dante en dirección al Bastión Louen, mientras los caballeros de Gastille libraban una feroz acción de retaguardia y muchos de ellos entregaban la vida para proteger a los desesperados refugiados.
Los Reinos Fronterizos se reúnen
Con el abandono de Matorea, los Reinos Fronterizos parecían condenados. Las villas amuralladas que habían resistido a sus enemigos durante siglos yacían en ruinas, y sus defensores huían hacia las boscosas estribaciones de las Cuevas. Para perseguirlos mejor a través de los numerosos pasos de montaña, Settra dividió sus vastas legiones en fuerzas más pequeñas, cada una encaminada hacia uno de los muchos fuertes y fortalezas enanas que se interponían entre él y las fronteras meridionales de Bretonia.
Si el Rey Inmortal creyó que su paso por las Cuevas sería un trámite, se equivocó por completo. Bajo la sombra de los bosques de Kharnos y Hvargir, proscritos, forajidos y bandoleros golpeaban al enemigo desde guaridas ocultas; en las estribaciones rocosas, los señores de los Reinos Fronterizos reunían a sus milicias mercenarias para hacer frente a las falanges de la hueste real en los estrechos desfiladeros; y los caballeros exiliados lanzaban rápidos asaltos contra los miembros aislados del Culto Mortuorio que trataban de despertar nuevos constructos en sus templos olvidados. En ningún lugar se expresó mejor esa resistencia que en el Bastión Louen. Cuando los refugiados de Matorea entraron en masa en sus patios amurallados, descubrieron la astucia del Matasierpes: en los meses previos, Sir Cecil había reclutado a numerosos mercenarios, y unos ingenieros enanos despachados desde Karak Hirn habían trabajado sin descanso para aprestar las defensas de la fortaleza. Aquí, comprendió el Duque de Brionne mientras cruzaba las imponentes puertas, era donde el orgullo de la caballería bretoniana opondría su verdadera resistencia.
En los Reinos sin Ley
Conviene detenerse un momento en el escenario de esta guerra, porque pocos rincones del Viejo Mundo son tan ásperos y tan poco comprendidos como los Reinos Fronterizos. Encajados entre los traicioneros picos de las Cuevas, la majestad de las Montañas del Fin del Mundo y la inhóspita extensión de las Tierras Yermas, son una tierra agreste y salvaje donde los proscritos y los forajidos se apiñan en toscos pueblos y se refugian tras ciudadelas tan imponentes como poco sutiles. Es una tierra sin ley, donde los reinos nacen y mueren en una sola generación. Pero no siempre fue así.
Vasallos de la Gran Tierra
Hace muchísimo tiempo, cuando Settra aún vivía como un dios mortal entre sus súbditos temblorosos, los ejércitos de Nehekhara conquistaron las tierras que un día se conocerían como los Reinos Fronterizos. Durante largos siglos, las gentes de la Gran Tierra habitaron allí en grandes ciudades y rindieron culto a sus numerosos dioses en templos oscuros, avanzando poco a poco hacia el norte, hasta los altos pastos de las Cuevas. Allí, sus sacerdotes excavaron vastas tumbas y mausoleos en las grutas que horadaban la roca viva, lugares secretos en los que practicar sus artes arcanas. Pero la preeminencia de Nehekhara no estaba destinada a durar. Cuando Nagash regresó de Pozo Maldito y desató su maldición, todos los seres vivos de la Gran Tierra se marchitaron y murieron; y aun en los Reinos Fronterizos, lejos del reino sagrado que Settra había unificado, los muertos se agitaron en sus tumbas mientras los Orcos, los Goblins y cosas peores reclamaban para sí el territorio y la naturaleza engullía las ciudades muertas.
La conquista imperial
Durante los siglos que siguieron a la caída de Nehekhara, las tierras bajas al sur de las Cuevas no fueron más que una prolongación de las Tierras Yermas, pobladas por belicosas tribus de pielesverdes donde solo los aventureros más temerarios osaban adentrarse. No fue hasta el siglo VI del Calendario Imperial cuando la región volvió a civilizarse. El Emperador Segismundo II, llamado más tarde el Conquistador, soñaba con expandir su nación y asegurar sus fronteras; reunió enormes ejércitos, marchó a través del Paso del Fuego Negro y más allá, e hizo retroceder a las hordas de Orcos y Goblins a través del Golfo Negro y hacia las Tierras Yermas. Una vez completada su campaña, bautizó la nueva provincia con el nombre de Lichtenholm y ordenó levantar numerosos castillos de piedra, muchos de los cuales siguen en pie a día de hoy, aunque hayan cambiado de manos una y otra vez a lo largo de los siglos.
Lichtenholm, sin embargo, resultó ser una extensión efímera del Imperio. Asediados sin tregua por los pielesverdes de las Tierras Yermas, los condes que se habían establecido allí no lograron prosperar; las fincas fracasaron y los castillos que vigilaban las tierras salvajes quedaron abandonados. Para cuando se produjo el primer cisma imperial, en el año 1152 CI, Lichtenholm no era más que una anécdota recordada únicamente por eruditos y cartógrafos.
Los caballeros cruzados
La región tomó su forma definitiva gracias, paradójicamente, a una cruzada que salió mal. En el año 1448 CI, el Rey de Bretonia Louis el Justo —que antes había concedido a las órdenes de caballería del Imperio permiso para cruzar sus tierras camino de Estalia— envió a sus propios caballeros a la guerra contra los habitantes de la Tierra de los Muertos. En 1451 CI, al saberse que la guerra se había trasladado a la mismísima Nehekhara, se reunió un nuevo y enorme ejército de caballeros. Incapaz de decidir cuál era la ruta más rápida, el Barón Tybalt du Bois, puesto al mando por el rey, optó por aventurarse hacia el este: seguiría la Antigua Carretera Enana desde Cascada del Dragón, atravesaría las Cuevas y las tierras baldías de más allá, y se reuniría con un contingente imperial en Barak Varr, desde donde conseguiría pasaje por el Golfo Negro hasta el maldito puerto de Zandri para llevar la batalla a las legiones de Nehekhara.
Pero quien esperaba encontrar deshabitadas las tierras al sur y al este de las Cuevas se equivocaba de medio a medio. Fuera por ingenuidad, por ignorancia o por el deseo de poner a prueba sus brazos armados, el ejército del Barón Tybalt cabalgó audazmente hacia tierras plagadas de tribus de Orcos y Goblins, y pronto se vio acosado por todas partes.
El nacimiento de una nación
El viaje a través del páramo duró casi un año, pues los bretonianos pasaron buena parte del tiempo combatiendo pielesverdes. Al llegar por fin a Barak Varr, descubrieron con frustración que sus aliados imperiales se habían marchado meses atrás hacia Zandri, y que la cruzada del rey a la Tierra de los Muertos había sido declarada un éxito mientras ellos seguían de camino: sus compañeros ya emprendían el regreso a la bella Bretonia. Cuando el ejército de Tybalt se preparaba, a regañadientes, para volver sobre sus pasos, muchos cayeron en la cuenta de algo: tendrían que cruzar de nuevo aquellos páramos llenos de enemigos de todos modos. ¿Por qué no quedarse un tiempo, cazar a las repugnantes criaturas que los habitaban y poner orden en la región? Algunos llegaron a proponer recuperar los castillos en ruinas, reconstruirlos y repoblarlos para mantener la tierra segura de forma permanente.
El Barón accedió, y sus caballeros se entregaron a la nueva misión con entusiasmo. A medida que vencían enemigos y ganaban territorio, enviaban noticias de sus victorias a casa, y en pocos años la región se pobló de nobles bretonianos que luchaban sin descanso por llevar el orden a aquella tierra salvaje. Así nacieron los Reinos Fronterizos: una nación surgida de la caballería en el rincón más remoto y desagradecido del Viejo Mundo, una tierra que con el paso de las generaciones volvería a llenarse de proscritos, exiliados y señores de la guerra que se disputan tronos inestables a punta de espada.
Las Cuevas y sus fortalezas enanas
Al norte de los Reinos Fronterizos se extiende la cordillera de las Cuevas, una sucesión de altos pastos y profundos valles que va desde las Montañas Apuccini de Tilea hasta las Montañas Grises de la frontera entre Bretonia y el Imperio. Por sus numerosos pasos discurren rutas comerciales muy transitadas que conectan las naciones del Viejo Mundo con los lejanos reinos del sur, y en torno a ellas han crecido prósperas villas amuralladas y posadas fortificadas donde los caudillos y sus milicias protegen a los viajeros a cambio de modestos peajes. Estas fortalezas de montaña han dado refugio en innumerables ocasiones a los desplazados que huían de la anarquía de los Reinos Fronterizos, y se han mantenido desafiantes frente a cuantos enemigos las han sitiado.
Pero quienes de verdad gobiernan bajo aquellas montañas no son los hombres, sino los Enanos. Hace eras, cuando grandes terremotos arruinaron muchas de sus fortalezas en las Montañas del Fin del Mundo y el Espinazo de Dragón, no pocos Dawi huyeron a los profundos valles de las Cuevas. Excavando bajo la roca, como es su costumbre, hallaron vastos yacimientos de estaño, hierro, cobre y otros minerales valiosos; construyeron nuevas fortalezas y levantaron imponentes fortificaciones en torno a sus minas, mientras año tras año llegaban más expatriados huyendo del declive de Karaz Ankor. En pocos siglos, las minas de las Cuevas rivalizaron en profundidad y grandiosidad con las de las Montañas del Fin del Mundo, aunque las fortalezas que se alzaban sobre ellas —Barak Varr, asomada al Golfo Negro, y tierra adentro Karak Izor y Karak Hirn— no eran sino pálidos reflejos de los hogares ancestrales. Precisamente por ser consideradas meros puestos avanzados, sus moradores se entregaron como nadie al comercio y la alianza con los Hombres vecinos del Imperio, Bretonia, Tilea y los propios Reinos Fronterizos. Esos lazos, forjados a lo largo de generaciones, son los que harían que, cuando la furia de Settra cayera sobre la montaña, los Enanos no combatieran solos.
El Ataque a las Cuevas
Mientras el invierno caía sobre las ruinas de los Reinos Fronterizos, ya en el tramo final del año 2276 CI, los ejércitos de Settra prosiguieron su avance implacable. Divididos por orden del Gran Rey en columnas más pequeñas para atravesar mejor los numerosos pasos de las Cuevas, los muertos vivientes se aproximaban cada vez más a las fronteras de Bretonia. Pero la montaña no se dejaría cruzar sin cobrarse su precio.
En tierra sagrada
Cuando los refugiados de Matorea llegaron al Bastión Louen y el Duque de Brionne y el Matasierpes se afanaban en las defensas del castillo, la Profetisa Élisse Duchaard se dirigió sin escolta hacia el corazón de la antigua fortaleza. Al sentir desde lejos una presencia santificada, había imaginado que encontraría un lugar olvidado y descuidado, sostenido por algún proscrito hosco solo para guardar las apariencias. Lo que halló fue todo lo contrario: un santuario dedicado a la Dama del Lago, limpio y bien iluminado, revestido de exquisitos tapices que representaban las pruebas de Gilles el Bretón y su devoción a la diosa patrona de Bretonia. Arrodillada ante el altar, Élisse se sintió envuelta por la presencia de la Dama. Allí, en una tosca fortaleza levantada por caudillos impíos mucho más allá de las fronteras de la bella Bretonia, un caballero de honor dudoso había erigido un santuario a la caballería. Mientras rezaba, la Profetisa sintió cómo el poder de la Dama se expandía a su alrededor, infundiendo a la antigua piedra una calidez y una fuerza que revitalizaban a los guerreros agotados. Por muchos no muertos que se acercaran, aquella fortaleza sagrada se mantendría inquebrantable, frenando el avance de Settra y desbaratando sus planes.
El despertar de las fortalezas
Los mensajeros que habían partido de Barak Varr por el Camino Subterráneo recorrieron las antiguas cámaras excavadas en la roca madre del mundo, túneles tan amplios que por ellos podían marchar batallones enteros de guerreros en filas de cincuenta. Cuando alcanzaron las puertas de Karak Izor y Karak Hirn con la noticia de que los ejércitos de Settra marchaban contra las naciones del Viejo Mundo y guerreaban contra los Enanos de Barak Varr, los señores de aquellas fortalezas se inquietaron. Sus atalayas habían visto el humo negro de las ciudades en llamas de los Reinos Fronterizos y sus Montaraces habían divisado a lo lejos las colosales barcazas surcando el Golfo Negro, pero ninguno había imaginado que los habitantes de la Tierra de los Muertos osarían marchar contra las fortalezas enanas. Reunidos sus Señores de Clan, los Enanos se indignaron ante la sola idea de esconderse tras sus muros mientras el mal invadía las montañas. Por unanimidad, los reyes de Karak Izor y Karak Hirn juraron reunir a sus clanes y salir al encuentro de las legiones de Nehekhara en campo abierto.
Riquezas ocultas y saberes olvidados
Mientras el ejército real de Settra avanzaba por los Reinos Fronterizos, los agentes del Culto Mortuorio se acercaban a las montañas. Batallones de guerreros esqueléticos flanqueados por las imponentes figuras de los Ushabti, los Caballeros de la Necrópolis y las sombrías Necroesfinges marchaban en inquietante sincronía bajo la severa mirada de los Sacerdotes Funerarios, mientras los Gólems Escorpión y las manadas de Necrosierpes se arrastraban y excavaban por delante. Avanzando por el Paso de los Dientes del Invierno y la Carretera de Trantio, y siguiendo los ríos Limnalla, Tana Dante y Treblecz, las hordas se dispersaron por las estribaciones, librando brutales batallas contra los forajidos y mercenarios refugiados en la montaña y contra la vanguardia de los Enanos de Karak Izor y Karak Hirn. Cuando topaban con ciudades amuralladas o fortalezas, las sitiaban y, con demasiada frecuencia, las arrasaban.
Y, sin embargo, el avance era lento, pues los Sacerdotes del Culto Mortuorio tenían planes propios. En aquellas mismas montañas, hacía eras, se habían erigido muchos templos cuyas cámaras ocultas guardaban secretos perdidos con la caída de Nehekhara. Así, cada vez que se presentaba la ocasión, los ejércitos liderados por los Sacerdotes se desviaban de su rumbo para explorar lugares que se creía ocultaban tesoros de sabiduría olvidada, y mientras las hordas excavaban aquellas criptas, los sacerdotes se regodeaban con avidez en cada hallazgo arrancado a la oscuridad.
Kadar-Helgad y los Matadores
A medida que la noticia de las criaturas malignas que acechaban en los Reinos Fronterizos se extendía por los reinos de la montaña, las partidas de guerra de los clanes y gremios enanos comenzaron a congregarse para defender sus hogares y acudir en ayuda de sus aliados. Por delante de aquellas multitudes marchaba un buen número de miembros del Culto de los Matadores: guerreros de Grimnir que, jurando combatir a las bestias malignas en penitencia por sus errores pasados, vagan por las montañas cazando Trolls, y a los que la oscuridad y el estruendo de la batalla atraen como la llama de una linterna atrae a las polillas.
Camino del conflicto, muchos de estos errantes atravesaron el Valle de Yetzin, al norte de la próspera mina de Khazid Gentaz, donde se alza Kadar-Helgad, un santuario dedicado al dios guerrero Grimnir cuya grandeza solo supera la de Karak Kadrin, la Fortaleza de los Matadores. Allí se detuvieron: unos a meditar su destino en la oscuridad del santuario, otros a reparar y afilar sus armas en las forjas de Grimnir, otros a beber cerveza e intercambiar relatos de las batallas libradas y los monstruos abatidos. Todos visitaron a los guardianes del santuario, recitando en voz baja sus nombres y los de los clanes a los que habían pertenecido, para que sus hazañas quedaran registradas en los libros de historia. Al salir, las bandas de Matadores se dispersaron: la mayoría hacia el sur, rumbo al Bastión Louen y a las lejanas ruinas de Matorea; otras hacia el este y el oeste, persiguiendo a los ejércitos de los Sacerdotes Funerarios.
La muerte acecha en las montañas
A medida que el año tocaba a su fin, el avance no muerto continuaba pese a la furiosa resistencia de los habitantes de las Cuevas. Obligados a guerrear durante los largos y gélidos meses de invierno, los defensores se debilitaban con cada derrota: los ejércitos de los muchos señores de la guerra de la región menguaban, y el derribo de las antiguas fortalezas dejaba a los supervivientes con cada vez menos refugios contra el frío y contra los implacables muertos vivientes. Incluso la poderosa Karak Izor se vio atenazada por los sitiadores: la furia de su artillería era desafiada por oleada tras oleada de atacantes, y las protecciones rúnicas que hacían casi inexpugnables sus salas inferiores se veían amenazadas por los constructos excavadores del Culto Mortuorio.
Por el contrario, cada victoria parecía envalentonar a las legiones de Nehekhara, que avanzaban con una indiferencia inquietante mientras los Sacerdotes Funerarios rastreaban más templos olvidados y tumbas antiguas. En viejas criptas despertaron a enormes Esfinges de Guerra Aladas, poderosas criaturas que antaño habían custodiado las cumbres en nombre del culto; y bajo las tumbas de señores de la guerra olvidados desenterraron batallones enteros de guerreros sepultados que, aun reducidos a hueso y polvo, todavía empuñaban con sus manos calcificadas las armas que habían blandido en vida, aguardando los conjuros que los devolverían a la no-vida al servicio de Settra.
Un reino sagrado
Cuando el sol del verano comenzó a calentar las Cuevas, llegado ya el ecuador del año 2277 CI, la vanguardia de los ejércitos de Settra alcanzó por fin el Paso de Mondidier, a las mismísimas puertas de Bretonia. El Hierofante Ashurtak había conducido a su hueste a través de pastos montañosos y valles profundos, dejando tras de sí una ancha estela de muerte y destrucción. Pero la campaña había sido agotadora: innumerables batallones esqueléticos yacían destrozados bajo las botas de la infantería enana y la artillería mercenaria, y decenas de imponentes constructos —bestias esculpidas a semejanza de dioses olvidados— habían sido vencidos por los Matadores y arrojados a barrancos insondables. Peor aún, muchos de los Sacerdotes Funerarios que habían emprendido la campaña habían caído, y la muerte de cada uno mermaba el poder del Hierofante, que temía en secreto no disponer de recursos suficientes para sostener sus ejércitos cuando su rey llegara para conducir a las tropas al interior de Bretonia.
Fue entonces cuando el anciano y cadavérico sacerdote contempló con avidez la extensión de Athel Loren, el gran bosque que se abría ante él en un paisaje exuberante y verde. Para cualquier otro habría sido una vasta zona salvaje y primigenia; a los ojos de Ashurtak, rebosaba de poder arcano, con los Vientos de la Magia arremolinándose entre las imponentes piedras erguidas que marcaban sus lindes. Mientras aguardaba las órdenes de Settra, el Hierofante decidió enviar a sus guerreros a internarse bajo aquellos árboles. Allí había poder, y él se proponía usarlo.
La furia de Settra
A cientos de kilómetros al sur y al este del Paso de Mondidier, sin que Ashurtak lo supiera, el propio Settra se había visto enredado en una guerra de desgaste y en el asedio de un castillo que se negaba a caer. El Gran Rey había pensado entretenerse en el Bastión Louen con los vástagos de Bretonia que habían desafiado su voluntad en la Ciudadela Bouelia y en Matorea, derribar los endebles muros tras los que se escondían y pasarlos a cuchillo. En realidad, descubrió que la antigua fortaleza era prácticamente inexpugnable y que sus defensores resistían su ira con un estoicismo notable y un heroísmo exasperante.
No era para menos. Construido en siglos pasados por los señores guerreros de Lichtenholm, el Bastión Louen hundía sus cimientos en lo profundo, y sus murallas, levantadas por los Enanos, parecían impermeables a la artillería enemiga. Desde que pasara a manos de un señor bretoniano durante la conquista del Barón Tybalt du Bois, la fortaleza había sido ampliada una y otra vez, y cada nueva fase de construcción se había acompañado de ceremonias que santificaban el terreno y la piedra en honor de la Dama del Lago. Más recientemente, con la ayuda de los hechiceros a sueldo de Sir Cecil, la Profetisa Élisse Duchaard había colmado el castillo de la fuerza y la pureza de su diosa. La magia de los seguidores de Settra se estrellaba contra aquellos muros: muy por debajo de la tierra, donde acechaban los Gólems Escorpión, las Necrosierpes y los Acechadores Sepulcrales, la magia de la Profetisa debilitaba e inmovilizaba a los secuaces del rey, convirtiendo sus cuerpos en polvo; y en los cielos, donde revoloteaban los Carroñeros en torno a las inmensas siluetas de los Dragones de Hueso Necrolíticos, el aire crepitaba con un poder que mantenía a raya a las criaturas.
Las inmensas murallas resistieron incluso los embates de las Necroesfinges y los Colosos Necrolíticos, lo que obligó a Settra a cambiar su plan y a aguardar con impaciencia a que largas caravanas de mano de obra esquelética arrastraran las máquinas de guerra desde los barcos amarrados frente a Matorea. El lento proceso se vio aún más dificultado por los señores de la guerra de los Reinos Fronterizos, muchos de los cuales habían regresado de sus escondites para reclamar sus mezquinos feudos entre las ruinas. Y cuando por fin las máquinas estuvieron en posición, Settra se enfureció todavía más con la llegada de los Enanos de Karak Hirn: mientras bandas de berserkers de cabeza rapada se lanzaban contra los escudos de su infantería, los ingenieros enanos atrincheraban su propia artillería en las colinas del norte y empezaban a bombardear desde lejos a los ejércitos del Gran Rey. Semejante desafío era algo casi desconocido para el Rey Inmortal y, aunque disfrutaba del reto que suponía un enemigo fuerte, su ira no dejaba de crecer. No habría victoria rápida en el Bastión Louen, y todos los que le hacían perder el tiempo, juró, lo pagarían caro.
Y aquí, justo aquí, el cronista debe soltar la pluma. Porque la Guerra de la Furia de Settra es, por diseño, una historia sin final escrito: lo que ocurre cuando las máquinas de guerra de Nehekhara abran al fin una brecha en los muros del Bastión Louen, o cuando los guerreros de Ashurtak se internen bajo los árboles de Athel Loren, no lo decide ningún libro. Lo deciden quienes despliegan sus ejércitos sobre la mesa. La Furia de Settra no se cuenta con un desenlace. Se cuenta con un campo de batalla preparado.
⚜ ❦ ⚜
Crónica de la Furia de Settra
- Eras remotas — Settra unifica Nehekhara bajo el cetro de Khemri, se proclama Khemrikhara y funda el Culto Mortuorio para vencer a la muerte. Sus ejércitos conquistan las tierras que un día serán los Reinos Fronterizos.
- La caída de Nehekhara — Nagash regresa de su exilio y desata la maldición que marchita la Gran Tierra. Los rituales del Culto Mortuorio hacen que los reyes despierten con memoria y voluntad: nacen los Reyes Funerarios.
- Siglo VI CI — El Emperador Segismundo II el Conquistador funda la provincia de Lichtenholm al sur de las Cuevas. La provincia caerá, pero sus castillos perdurarán.
- 1152 CI — Para el primer cisma imperial, Lichtenholm ya no es más que un recuerdo de eruditos y cartógrafos.
- 1448 – 1451 CI — La cruzada del Barón Tybalt du Bois llega tarde a la Tierra de los Muertos y, en lugar de regresar, se queda a forjar un dominio propio. Nacen los Reinos Fronterizos.
- 2276 CI — Una cruzada bretoniana profana las tumbas de Nehekhara, roba sus tesoros y abate al Rey Septhah el Amarantino. Settra jura venganza, alza su flota en Zandri y marcha al norte. Cae Matorea y comienza el asedio interminable del Bastión Louen.
- 2277 CI — El Hierofante Ashurtak alcanza el Paso de Mondidier, a las puertas de Bretonia, con un ejército exhausto. Ante él se extiende Athel Loren. La historia queda abierta.
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La cuenta de los muros
Relato breve
Maso llevaba treinta años cobrando por morir, y todavía no había muerto. Lo consideraba su mayor logro profesional.
Aquella noche, apoyado en el parapeto del Bastión Louen con la espalda dolorida y la alabarda fría entre las manos, contaba a los suyos como hacía siempre antes de dormir. Once. Quedaban once de los diecisiete tileanos que habían cruzado las Cuevas con él tres inviernos atrás, buscando un señor que pagara bien y muriera tarde. El señor que habían encontrado, Sir Cecil, pagaba a tiempo y no parecía dispuesto a morir nunca; el problema era que tampoco parecía dispuesto a dejar morir a nadie sin antes haberlo exprimido hasta el último día de soldada.
Abajo, en la llanura, ardían las hogueras que no eran hogueras. Maso lo había aprendido la primera semana: las luces verdes y frías que recorrían el campamento enemigo no eran fuego, ni necesitaban leña, ni daban calor. Eran otra cosa. Una cosa que se movía entre filas y filas de figuras que no dormían, no comían y no se quejaban del frío, formadas en columnas perfectas que no se deshacían jamás. Maso había combatido contra Orcos, contra hombres del norte, contra otros mercenarios tan desgraciados como él. Todos ellos, al caer la noche, hacían lo mismo: encendían fuego, bebían, maldecían, contaban a los suyos. El enemigo de allí abajo no contaba a los suyos. No le hacía falta. Si caían diez, levantaba diez más del polvo a la mañana siguiente.
Eso era lo que de verdad le quitaba el sueño. No el miedo —el miedo era un viejo conocido, casi un compañero de oficio—, sino la aritmética. Maso era un hombre de cuentas. Toda su vida había sido una larga cuenta: tantos hombres a tantas monedas, tantos días de asedio a tanto pan, tantas flechas por carcaj. Y por primera vez en treinta años se enfrentaba a un enemigo que rompía la cuenta. Un enemigo que no restaba. Podías matarlo todo el día, llenar el foso de huesos rotos hasta los bordes, y al amanecer la cuenta volvía a empezar desde el principio, intacta, paciente, eterna.
—No miras bien —le había dicho el enano una tarde, escupiendo al foso.
El enano era de Karak Hirn, uno de los ingenieros que la fortaleza vecina había enviado para apuntalar las defensas. Bajo, ancho, con una barba en la que cabían tres generaciones de rencores, había observado a Maso contar al enemigo con los labios y había soltado aquello con el desdén tranquilo de quien lleva milenios mirando montañas.
—No cuentes lo que tienen ellos —gruñó—. Cuenta lo que tenemos nosotros. Mira.
Y señaló con un dedo grueso, no al campamento de los muertos, sino a la propia muralla. A la piedra. A los puntales nuevos, a las almenas reforzadas, a las troneras desde las que asomaban los cañones que él mismo había atrincherado. Maso miró. Vio piedra vieja, piedra que llevaba allí desde antes de que existiera Tilea, piedra bendecida por una mujer pálida que rezaba en una capilla del corazón de la fortaleza y a la que los caballeros trataban como a una santa. Vio, sobre todo, que la piedra seguía allí. Que llevaba meses allí. Que cada amanecer, cuando los muertos volvían a levantarse, la piedra los recibía exactamente igual de entera que el día anterior.
—Ellos no restan —dijo el enano, como si le leyera el pensamiento—. Pero tampoco suman. Levantan a los mismos huesos cada mañana. Nosotros sumamos. Cada día que aguantamos es un día que ellos no avanzan. Esa es la única cuenta que importa aquí arriba, mercenario. No cuántos son ellos. Cuántos días somos nosotros.
Maso no contestó entonces. Pero aquella noche, en el parapeto, dejó de contar enemigos. Empezó a contar otra cosa. Días. Llevaban ciento cuarenta y dos. Ciento cuarenta y dos amaneceres en que la fortaleza seguía en pie, ciento cuarenta y dos días que el rey de los muertos no había puesto un pie en Bretonia, ciento cuarenta y dos jornadas robadas a una furia que se creía dueña del tiempo.
Tiró del cuello de su capa, miró las luces verdes que no daban calor y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió en la oscuridad. Que el rey eterno tuviera toda la eternidad que quisiera. Maso solo necesitaba que el día de mañana hiciera ciento cuarenta y tres.
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El trasfondo de esta crónica recoge la narrativa del Arcane Journal La Guerra de la Furia de Settra (Games Workshop, 2025), reescrita en su totalidad y complementada con la historia clásica de los Reyes Funerarios de Khemri y de los Reinos Fronterizos. El relato La cuenta de los muros es original de El Heraldo del Viejo Mundo.